Catholic Diocese of Spokane, Washington


La Paz Este Con Ustedes

"El Nuevo Misal Romano: Un Tiempo de Renovación - Primera Parte: Donde todo Comenzó"


por el Sr. Obispo Mons. Blase J. Cupich

(Del edición 18 agosto 2011 del Inland Register)

(Este otoño vamos a comenzar a usar una nueva versión del Misal Romano para la Misa. Este va a ser el primer gran cambio en el lenguaje usado en la Misa desde el Concilio Vaticano Segundo. A los Obispos se les ha pedido que aprovechen este momento como una oportunidad para profundizar la renovación litúrgica que comenzó en el Concilio hace 40 años.

Durante las siguientes tres ediciones del Inland Register quiero proveer un panorama histórico de los problemas y circunstancias que llevaron a la renovación de la liturgia por el concilio Vaticano Segundo. El entender nuestro pasado nos ayudará a apreciar como este momento es un paso más en la trayectoria de renovación que comenzó en el Concilio. También nos ayudará a estar enfocados en los principios auténticos de la renovación litúrgica para continuar el trabajo que comenzó hace casi medio siglo.)

Primera Parte: Renovación de la Iglesia a través de la Renovación de la Liturgia

¿Por qué los Obispos en el Concilio Vaticano II pidieron una renovación de la liturgia?

Simplemente dicho, los Obispos creyeron que esta era la mejor manera de renovar la Iglesia. Esta conexión entre la renovación de la Iglesia y la renovación de la liturgia se ve claramente en el primer párrafo de La Constitución de la Liturgia, el documento que nos da las reformas litúrgicas. Lo siguiente es lo que se dijo en el primer documento del Concilio:

Este sagrado Concilio tiene varias metas: desea impartir un creciente vigor a la vida Cristiana de los fieles. Desea adaptarse mejor a las necesidades de nuestros tiempos; desea promover la unión entre todos los que creen en Cristo. Desea fortalecer lo que se necesite para llamar a toda la humanidad a la casa de la Iglesia. Por lo tanto el Concilio ve razones convincentes para llevar a cabo la reforma y difusión de la liturgia.

El punto es claro. Los Obispos en el Concilio estaban primeramente preocupados por reformar la Iglesia para que esta pudiera ser fiel y efectiva al proclamar a Cristo en el mundo moderno. Pero ellos entendieron que la reforma de la Iglesia tenía que comenzar con la renovación de la liturgia y la oración.

Es importante recordar que por varias razones históricas, la Iglesia estaba siendo aislada de muchos eventos mundiales, o por lo menos eso parecía. Algunos expresaron su preocupación de que la única vez en que la Iglesia parecía envolverse en el mundo era para ofrecer criticismo o condenación. El Papa Juan XXIII y muchos Obispos pidieron un nuevo enfoque hacia el mundo.

Para que la Iglesia fuera una creíble “luz para las naciones” tenía que fortalecer su solidaridad con la familia humana y tocarlos con amor y preocupación. Era tiempo de remplazar la medicina de la severidad con la medicina de la misericordia, como dijo el anciano Papa en la primera sesión del Concilio en 1962. Los Obispos reclamaron la importancia de este testimonio como parte de la misión de la Iglesia en el mundo. Al hablarle al mundo ellos enfatizaron que los creyentes en Cristo comparten con los miembros de la familia humana las mismas alegrías y esperanzas, las tristezas y ansiedades de nuestro tiempo.

La reforma de la liturgia se convirtió en el medio para expresar mejor, construir y sostener a la Iglesia como una comunidad de fe para su propio beneficio y como testimonio de solidaridad humana para el mundo.

Quizás el resultado más notable de esta naturaleza comunitaria de la Iglesia, y de su testimonio de solidaridad se ve con el desarrollo arquitectónico de las nuevas iglesias. Las nuevas iglesias dan más atención a las necesidades de la asamblea que se reúne y ora como el Cuerpo de Cristo.

En particular el diseño y la ubicación del altar fue cambiado para reflejar esta situación. Alguna vez el altar estaba distanciado de la gente. Ahora el altar está diseñado y situado de manera que la gente pueda entender que en la Misa Cristo toma la iniciativa. Él en el símbolo del altar, reúne a la gente como miembros de su cuerpo en Su ofrecimiento para adorar al Padre.

Las grandes divisiones entre los cristianos fue otro grande reto que tenia la Iglesia. Este problema necesitaba acción, la Iglesia Católica no podía esperar que pasara el tiempo y esperar que los no católicos regresaran solitos a la Iglesia. Esa manera nunca trabajaría. La separación de los Cristianos estaba escandalizando al mundo y no permitía que el evangelio se transmitiera bien. Peor todavía esto contradecía abiertamente el deseo de Dios, quien oró la noche antes de su muerte diciendo “que ellos sean uno.”

Para caminar en esta área, y hacer la proclamación del Evangelio más efectiva, la propagación de la unidad de los cristianos tenía que ser parte de la identidad de la Iglesia en lo que significa ser fiel a Cristo.

Como resultado, los católicos fueron animados a juntarse con sus “hermanos y hermanas separados” para hacer oración y en liturgias no eucarísticas. En este ambiente ecuménico, varias reformas litúrgicas que ya habían sido consideradas en el concilio de Trento pero que no fueron aceptadas porque se veía como un compromiso con los que atacaban a la Iglesia (por ejemplo, tomar la Comunión en el cáliz y la misa en la propia lengua), podrían comenzar ahora.

La Iglesia también tenía retos para adaptarse a los cambios en el mundo en esos tiempos. El mundo ya no iba a ser solamente dominado por el hemisferios del oeste. El colonialismo había permitido la creación de nuevas naciones en Asia, África y América del sur.

El concilio respondió pidiéndole a la Iglesia que estuviera abierta a estas nuevas culturas particularmente cuando se trataba de la manera de hacer oración. La Iglesia ahora consideraba importante la inculturación. Esto significo re-examinar y estar abierto a la espiritualidad de estas nuevas culturas y tradiciones; y como estas iban a afectar las maneras de hacer oración de los católicos en estas nuevas naciones y en la Iglesia universal. Antes se tenía una regla estricta y regida de que la liturgia tenía que ser toda igual. Ahora había más libertad a la diversidad.

Finalmente, tal vez el reto más grande que tenía la Iglesia era en su interior, la necesidad de darle una vida nueva a la vida de cada cristiano creyente. Muchos obispos estaban preocupados de que un buen número de católicos se cuestionaban el significado de la visa cristiana y su práctica religiosa.

Estas dudas crecieron particularmente en Europa siguiendo las brutales guerras mundiales, donde la mayoría de los países que pelearon eran “países Cristianos.” La gente se preocupaba si la fe y la religión realmente importaban. ¿Cómo es posible que el evangelio de Cristo, el príncipe de la paz, proclamado y celebrado por casi dos mil años no tuvo un impacto mayor en “estos países cristianos”? Muchos preguntaban: “¿En verdad importa ser discípulos de Cristo cuando nos portamos de esta manera con los demás?”

El deseo de darle nueva vida a las vidas de los católicos, sin embargo, solo podría comenzar al reconectar la vida espiritual de las personas en la liturgia.

A través de los siglos, hubo una división en este asunto. Literalmente y figuradamente, los laicos se fueron distanciando de la oración pública de la Iglesia. El sacerdote hacía casi todo.

Los ritos estaban en un lenguaje desconocido para la mayoría. La acumulación de acciones rituales, muchas de las cuales tenían su origen en las cortes de los reyes de Europa, hicieron que el significado de los ritos fuera poco comprensible para las personas comunes. Las personas fueron reducidas a solo espectadores callados.

Como resultado, la vida sacramental de la Iglesia no era, por lo menos en práctica, la fuente principal de alimento en la vida espiritual de las personas. En lugar de confiar en el poder transformador de la Eucaristía como la fuente principal en sus vidas, la gente hizo su mejor esfuerzo para encontrar alimento en devociones personales y piadosas.

Por eso, no es una sorpresa que los obispos hayan pedido una renovación de la vida litúrgica de la Iglesia que dirigiera a la completa, activa y consciente participación de los fieles.

Esto requeriría reforma y restauración. La reforma comenzó con la llamada al regreso de la noble simplicidad del rito Romano. Las cosas que se habían sumado durante el tiempo tenían que ser removidas para que los ritos fueran cortos, claros y no hechos muy largos con tantas repeticiones.

El objetivo fue asegurarse que la gente ordinaria pudiera entender lo que estaba pasando sin mucha explicación. Pero, también era importante regresar a esas formas de culto que la Iglesia tenía en su rico tesoro de la tradición litúrgica en el rito Romano.

Estas formas y aspectos del rito Romano sirvieron muy bien a la Iglesia durante los siglos para alimentar la vida espiritual de los creyentes y por eso necesitaban ser restaurados. Como un resultado, cuando la renovación como reforma y restauración pasó, la Iglesia pudo decir honestamente que la Misa restaurada era testigo de una tradición inquebrantable del rito Romano y mejor que la anterior (Instrucción General del Misal Romano, 2000, #6).

Este resumen de la historia detrás de la renovación litúrgica nos enseña como las reformas que ahora son familiares para nosotros vinieron por unos retos muy concretos que enfrentaban los Papas y los Obispos hace medio siglo. Fue su decisión enfrentar estos asuntos importantes lo que los llevo a comenzar el camino de la renovación litúrgica.

O por decirlo de otra manera, sería un error pensar que la renovación litúrgica fue solamente una formalidad para introducir algunos cambios rituales y ceremoniales dándole a la Iglesia un cambio nuevo o modernizando la Misa. Este no fue un cambio solamente por cambiar las cosas. La reforma litúrgica solamente fue el primer paso en la renovación de la Iglesia entera. Al continuar su caminar a través de los siglos con su misión de ser “luz para las naciones.”

El próximo mes nosotros veremos el estado de la renovación litúrgica hasta este momento sin ninguna duda, todavía seguimos en el camino de la renovación. Esto no debería de sorprendernos si nosotros tomamos en consideración la historia compleja de la renovación litúrgica y los retos que enfrenta la Iglesia en la era moderna.

También tenemos que admitir que ha habido algunos obstáculos en el camino. Hemos encontrado algunas dificultades durante este tiempo de renovación litúrgica por malos entendidos, abusos y alguna resistencia.

Al mismo tiempo como dijo el ahora venerado Papa Juan Pablo II en su carta marcando el 25 aniversario de la Constitución de la Liturgia, estas dificultades “no deben permitirles olvidarse que la mayoría de los pastores y personas cristianas han aceptado las reformas litúrgicas en un espíritu de obediencia y con un fervor alegre. Por eso debemos darle gracias a Dios por la inspiración del Espíritu Santo en la Iglesia representada en la renovación litúrgica.”

Debemos de tener en mente esta nota alentadora ahora que seguimos con la renovación de la liturgia y de la Iglesia en nuestro tiempo.

- Tradujo Padre Miguel Mejia


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