Catholic Diocese of Spokane, Washington


La Paz Este Con Ustedes

"Homilía sobre el Evangelio del Buen Samaritano (Tema de los inmigrantes)"

(Del edición 17 abril 2014 del Inland Register)

Queridos Amigos,

El 1ro de Abril de este año, el Cardenal Seán O’Malley de Boston celebró una Misa al aire libre en la frontera de Estados Unidos y México, en Nogales, Arizona, para hacer oración para una reforma comprensiva de inmigración. Sus palabras tan conmovedoras hicieron que le diera al Cardenal mi espacio en el Inland Register. Espero que esto les sirva de inspiración para orar por una reforma comprensiva de inmigración. Sepan también que he tenido constante comunicación con nuestros representantes Federales para que actúen en este tema tan importante. También ustedes pueden apoyar esta causa de manera personal.

+Blase J. Cupich

26 de Marzo de 2014

por Cardinal Seán O’Malley

Yo trabajé en Washington D.C. durante 20 años con inmigrantes de El Salvador, Guatemala, Nicaragua y de toda América Latina. La inmensa mayoría no tenía la ventaja de un estatus legal. Muchos venían a los Estados Unidos en gran parte huyendo de la violencia de las guerras civiles de Centro América.

He contado amenudo esta historia de mis primeros días en el ‘Centro Católico’, cuando me visitó un hombre de El Salvador que se sentó en mi despacho y rompió a llorar mientras que me entregaba una carta de su esposa, que estaba en El Salvador, que le reconvenía por haberla abandonado a ella y a sus seis hijos a la miseria y al hambre.

Cuando este hombre se recuperó un poco, me explicó que vino a Washington, como tantos otros, porque con la violenta guerra que había en su país le era imposible mantener a su familia trabajando en el campo. Así que un "coyote" le trajo a Washington, donde compartía una habitación con otros hombres en parecidas circunstancias. Lavaba platos en dos restaurantes, en uno a la hora del lunch y en el otro a la hora del dinner. Comía los restos de comida de los platos sucios para ahorrar dinero. Iba andando al trabajo para no gastar nada en transporte, y así poder mandar a su familia todo el dinero que ganaba. Dijo que les enviaba dinero todas las semanas, pero que ahora, después de seis meses, su esposa no había recibido ni una sola carta suya y le acusaba de haberla abandonado a ella y a los hijos. Le pregunté si enviaba cheque o giro postale. Me dijo que enviaba dinero en efectivo. Dijo: “Cada semana, pongo todo el dinero que he ganado en un sobre, con las estampillas que me dijeron que le pusiera, y lo meto en ese buzón de correos azul de la esquina”. Miré por la ventana y pude ver el buzón azul, el problema es que no era un buzón de correos, sino un cubo de basura bonito.

Este incidente me ayudó a ver los problemas y humillaciones de tantos inmigrantes que vienen a los Estados Unidos huyendo de la pobreza y de la opresión, buscando una vida mejor para sus hijos. Tristemente, muchos inmigrantes pasan muchos años sin la oportunidad de ver a sus seres queridos. ¡Cuántas áreas rurales están pobladas por abuelos que cuidan de sus nietos pequeños porque los padres se fueron a los Estados Unidos a trabajar para mandar dinero a casa!

Muchos de los sacerdotes y obispos aquí conmigo tienen mucha más experiencia con la frontera. Sin embargo, yo enterré en el desierto, cerca de Ciudad Juárez, a uno de mis parroquianos que fue asesinado allí. Sabemos que la frontera está surcada de tumbas sin placa de miles que han muerto solos y sin que se supiera su nombre. Estamos aquí hoy para decir: no han sido olvidados. A veces se les llama “forasteros ilegales”, una expresión que les hace parecer como si fueran marcianos. Son nuestro prójimo, nuestros hermanos y nuestras hermanas.

El Evangelio de hoy comienza con un letrado que trata de poner a prueba a Jesús. El letrado es un experto en la ley, pero es hostil a Jesús; parece querer saber cómo obtener la vida eterna, pero su auténtica intención es superar a Jesús en un debate público. Jesús responde a la pregunta de este hombre preguntando: “¿Qué está escrito en la ley?” El letrado contesta ingeniosamente con el gran mandamiento: amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo.

Jesús le dice: “Has contestado bien. Haz eso y vivirás.” El amor a Dios y el amor al prójimo son la clave de una vida buena. Lo sorprendente de los Evangelios es cómo están tan íntimamente conectados el amor a Dios y el amor al prójimo.

El letrado se queda un poco cortado, así que hace otra pregunta para aparentar que es inteligente y perceptivo. La pregunta es muy importante: “¿Quién es mi prójimo?” Esta maravillosa pregunta le da a Jesús la oportunidad de contarnos una de las más grandes parábolas del Nuevo Testamento, la Parábola del “Buen Samaritano”.

En tiempos de Jesús, el término “Buen Samaritano” nunca lo usaba el pueblo elegido. En realidad, hubiera parecido una contradicción en términos. ¿Cómo puede uno ser samaritano y bueno? Los samaritanos eran los extranjeros despreciados, herejes y parias. Pero Jesús nos muestra cómo ese extranjero, ese samaritano, se convierte en el protagonista, el héroe que salva a uno de los hijos del pueblo, que es rescatado no por uno de sus compatriotas y correligionarios, sino por un extranjero, un forastero, un samaritano.

¿Quién es mi prójimo? Jesús cambia la pregunta sobre una obligación legal (¿quién merece mi amor?) a otra sobre dar un don (¿a quién puedo mostrar que soy su prójimo?), y el despreciado samaritano es el ejemplo moral de esto.

Jesús nos enseña que la gente que forma parte de la comunidad de la alianza con Dios muestra un amor que no se limita a la amistad y al parentesco, sino un amor que tiene un alcance universal y que no busca recompensa.

En los Evangelios, las parábolas buscan bien enseñar, bien impactar. Esta parábola pretendía sacudir la imaginación de la gente, provocar, retar. El criterio normal para ver lo que vale una persona es sustituido por otro, la ayuda desinteresada a la necesidad humana allá donde se la encuentre.

Venimos hoy al desierto porque, para nosotros, es el camino a Jericó; muchos viajan por él intentando llegar a la metrópolis de Jerusalén. Venimos hoy aquí para ser prójimos y para ver un prójimo en cada una de las personas sufrientes que arriesgan su vida en el desierto, y a veces la pierden.

El Papa Francisco nos anima a ir a las periferias para ver a nuestro prójimo en lugares de dolor y oscuridad. Estamos aquí para descubrir nuestra propia identidad como hijos de Dios, para que descubramos quién es nuestro prójimo, quién nuestro hermano y nuestra hermana.

Siendo una nación de inmigrantes, deberíamos sentirnos identificados con otros grupos de inmigrantes que buscan entrar en nuestro país.

Los Estados Unidos es una nación de inmigrantes, hijos de inmigrantes, nietos y biznietos de gente de otro lugar. Sólo los indígenas nativos de América son de aquí. Así que la Palabra de Dios nos recuerda hoy que nuestro Dios quiere justicia para el huérfano y la viuda, y que nuestro Dios ama al extranjero, al forastero, y nos recuerda que el pueblo elegido fue forastero en Egipto.

Debido a la hambruna de la patata y a la opresión política, mi gente vino de Irlanda. Miles y miles murieron de hambre. En los barcos atúd que tajeron a los inmigrantes irlandeses, un tercio de los pasajeros murieron de hambre. Los tiburones seguían a los barcos esperando devorar los cuerpos de los que eran “enterrados en el mar”. Me sospecho que solamente los africanos traídos en los barcos de esclavos tuvieron un viaje peor.

Frank McCourt, famoso por el libro Las cenizas de Angela ("Angela's Ashes"), escribió una obra de teatro titulada: “Los irlandeses… cómo llegaron a ser así.” En una de las escenas, a los inmigrantes irlandeses se les recuerda diciendo: “Vinimos a América porque pensábamos que las calles estaban empedradas con oro. Y cuando llegamos aquí, descubrimos que las calles no estaban empedradas con oro, de hecho no estaban empedradas en absoluto, y descubrimos que nosotros teníamos que empedrarlas.”

El duro trabajo y los sacrificios de tantos inmigrantes es el secreto del éxito de este país. A pesar de la tendencia xenófoba de una parte de la población, nuestra población inmigrante contribuye poderosamente a la economía y al bienestar de los Estados Unidos.

Aquí, en el desierto de Arizona, venimos a llorar por los incontables inmigrantes que arriesgan sus vidas poniéndose en manos de los "coyotes" y de las fuerzas de la naturaleza para venir a los Estados Unidos. Cada año se encuentran aquí, en la frontera, cuatrocientos cadáveres de hombres, mujeres y niños que quieren entrar en los Estados Unidos. Esos son sólo los cuerpos que se encuentran. Cuanto más difícil se hace cruzar la frontera, más riesgos toma la gente y más mueren.

El año pasado llegaron a Estados Unidos unos 25.000 niños, la mayoría de Centro América, sin la compañía de un adulto. Decenas de miles de familias están separadas por temas de inmigración pendientes. Más de 10 millones de inmigrantes indocumentados están expuestos a la explotación por falta de acceso a servicios humanos básicos, y viven en un miedo constante. Ellos contribuyen a nuestra economía con su duro trabajo, a menudo ingresando billones de dólares en los fondos de la seguridad social y en los programas de Medicare, que nunca les beneficiarán a ellos.

El autor de la carta a los Hebreos nos urge a practicar la hospitalidad, porque a través de ella hay quien sin saberlo ha hospedado a ángeles. Nos urge a tener en cuenta a los prisioneros como si compartiéramos su prisión. Tenemos en la actualidad unos 30.000 detenidos, muchos de los cuales no tienen conexiones criminales. El coste de estas detenciones es de unos 2 billones de dólares al año.

El sistema no funciona y está causando sufrimientos sin cuenta y un gasto constante de recursos, tanto humanos como materiales.

Encontramos, entre estos prisioneros, al prójimo, seres humanos como nosotros que están separados de sus familias y de sus comunidades. El gran volumen de casos ha llevado a muchas violaciones del proceso debido y a detenciones arbitrarias.

En Lampedusa, el Papa Francisco advirtió contra la globalización de la indiferencia. El Papa Francisco, hablando en las fronteras de Europa, no un desierto, sino un mar, dijo: “Hemos perdido el sentido de la responsabilidad hacia nuestros hermanos y hermanas. Hemos caído en la hipocresía del sacerdote y el levita, a los que Jesús describe en la parábola del Buen Samaritano: Vemos a nuestro hermano medio muerto al lado del camino y, quizá, nos decimos: ‘Pobre hombre’, y luego seguimos nuestro camino. No es responsabilidad nuestra, y con eso nos tranquilizamos, nos quedamos satisfechos. La cultura del bienestar, que nos hace pensar sólo en nosotros mismos, nos insensibiliza a los lamentos de los demás, como si viviéramos en una burbuja de jabón, indiferentes a todos.” Nuestro país se ha beneficiado de muchos grupos de inmigrantes que han tenido el valor y la fortaleza de venir a América. Vinieron escapando de condiciones horribles y albergando el sueño de una vida mejor para sus hijos. Algunos eran de los ciudadanos más trabajadores, ambiciosos y emprendedores de sus propios países y trajeron una enorme energía y buena voluntad a su nueva patria. Su duro trabajo y sus sacrificios han engrandecido este país.

A menudo, estos inmigrantes se han encontrado con recelo y discriminación. A los irlandeses les decían que “no tenían que rrellenar la solicitud”; nuestra etnia y nuestra religión nos convertían en indeseables. Pero lo mejor de América no es la intolerancia ni la xenofobia, sino la bienvenida generosa del Nuevo Coloso, esa mujer poderosa con una antorcha, la Estatua de la Libertad, la Madre de los Exiliados, que proclama al mundo:

“¡Guárdense, tierras antiguas, sus pompas legendarias”, grita ella con labios silenciosos. “Denme a sus cansados, sus pobres, sus masas amontonadas que anhelan respirar libres, el desecho miserable de sus playas rebosantes. Mándenme a estos, los sin techo, los zarandeados por la tempestad, a mí; yo levanto mi lámpara junto a la puerta de oro!” (Emma Lazarus)

Debemos estar atentos para que esa lámpara continúe brillando con fuerza, mostrando al mundo que los Estados Unidos es una tierra de Buenos Samaritanos, buenos prójimos, donde leyes sabias y justas protegerán la dignidad y los derechos de nuestros ciudadanos así como de nuestros inmigrantes, muchos de los cuales serán nuestros ciudadanos del mañana.

Tras todas las preguntas tramposas del letrado, Jesús preguntó: “¿Quién es el prójimo?”, y la respuesta correcta es: “El que le trató con compasión”. Jesús dice: “Ve y haz tú lo mismo”.


Home


WEB CONTACT

© The Catholic Diocese of Spokane. All Rights Reserved