Catholic Diocese of Spokane, Washington


La Paz Este Con Ustedes

"La Crisis de la Frontera: Una Crisis del Sistema"

por el Sr. Obispo Mons. Blase J. Cupich

(Del edición 21 agosto 2014 del Inland Register)

Casi todos nosotros tenemos deudas. La mayoría de nosotros hemos pagado deudas de casas, coches y tarjetas de crédito. Así como las deudas pueden ser un problema, también son parte de nuestra realidad.

Hay razones buenas para estar preocupados por nuestra deuda nacional. Necesitamos aprender a vivir con lo que tenemos porque el seguir pidiendo prestado es pasar nuestras deudas a nuestros hijos.

Pero en muchos países de desarrollo esas deudas es un problema todavía más grande que se ha convertido en crisis. Solamente pagando los intereses muchos de esos países se quedan sin dinero y le roban a sus ciudadanos especialmente aquellos que son pobres y tienen más necesidades. Claro que esto resulta en violencia y disturbios, crimen y desempleo, corrupción del gobierno y la gente en el poder. Esto también hace que la gente se desespere y traten de cruzar la frontera de nuestro país o que manden a sus hijos que lo hagan simplemente porque están buscando seguridad y una mejor vida para sus familias quienes son esclavas de un sistema injusto. La verdad es que hay muchas razones que influencian a las personas a cruzar la frontera pero las deudas nacionales es una que frecuentemente se nos olvida y una que nuestro país debe analizar si en verdad trata de componer el sistema.

Para entender mejor como sucede esto solo imagínese que usted pidió prestado hace muchos años una gran suma de dinero y como usted no lo ha podido pagar ha tenido que refinanciar el préstamo.

Al refinanciar el préstamo, usted ganó más tiempo pero también subieron los intereses y usted entra en un ciclo de refinanciar que nunca termina. Al final usted debe más de lo que pidió prestado.

Imagínese también que con el dinero que se pidió prestado alguien más compró algo que a usted ni le sirve y para poder pagar los intereses usted no puede mandar a sus hijos a la escuela, llevarlos al doctor y ni siquiera puede comprarles zapatos.

Finalmente, imagínese que usted no se puede ir a la bancarrota. No hay manera de zafarse de esta deuda. Al final usted está atrapado en este círculo de refinanciamiento y nunca puede darle ni lo indispensable a su familia.

Esto precisamente es lo que ha pasado en muchos países en desarrollo. Los gobiernos han pedido prestado a países e instituciones incluyendo los Estados Unidos, el Banco Mundial y la Asociación Internacional de Dinero (IMF).

Los ciudadanos de estos países en desarrollo no fueron informados del porque se pidió ese dinero ni de las condiciones del préstamo. En realidad muchas veces ese dinero fue utilizado para enriquecer a algunos o en proyectos que no tenían sentido.

Y las condiciones en que se sacaron estos préstamos complican más las cosas. Por pagar los intereses, los gobiernos no brindan la salud, educación y el desarrollo que se necesita.

Las personas que pagan los platos rotos son los más débiles – los jóvenes que necesitan educación, los enfermos que necesitan ayuda médica y los pobres que necesitan trabajos.

Los católicos estamos llamados a ver la crisis de deuda internacional con los ojos de la doctrina social católica. Las deudas deben ser pagadas. Sin embargo esto puede ser perdonado cuando se ponen en riesgo tantas cosas éticas y morales.

Creemos que cada ser humano es valioso, creado a imagen de Dios, amado por Dios y redimidos por la muerte y resurrección de Jesucristo. Esta creencia requiere no sólo que tratamos a todas las personas en formas que reflejan su dignidad dada por Dios, sino que medimos cada política y programa por si aumenta o disminuye directamente la vida y la dignidad humanas. Este principio se viola cuando la crisis de la deuda contribuye a sufrimiento entre los pobres del mundo.

Nuestra doctrina social católica nos enseña también que el cuidado de la creación, la protección de la tierra y el medio ambiente, es un importante desafío moral. Dios nos ha dado la responsabilidad como mayordomos de la creación.

La crisis de la deuda puede poner en peligro el bienestar del medio ambiente en formas graves. La presión para recaudar divisas para efectuar los pagos de la deuda puede llevar a los países pobres a agotar los recursos naturales agotando la pesca, el uso excesivo de la tierra, del bosque y contaminando las aguas.

Cuando la situación de la deuda contribuye a la pobreza sin fin y al sufrimiento de nuestros hermanos y hermanas en otras partes del mundo, el principio de solidaridad nos exige que actuemos para aliviar la crisis y sus consecuencias nefastas para las personas más pobres del mundo. Si bien la doctrina social de la Iglesia nos pide que nos preocupamos por todos nuestros hermanos y hermanas, los pobres y los vulnerables tienen un derecho particular en nuestra preocupación porque sus necesidades son la mayores.

Esta “opción preferencial por los pobres y los vulnerables” nos recuerda que una clave clara de ver si las políticas y programas están funcionando es darnos cuenta cómo afectan a los “más pobres entre nosotros.”

La triste verdad sobre la deuda de los países es que son los miembros más débiles de la sociedad que, por causas ajenas, pagan el mayor precio.

Hay varios pasos que los países acreedores y las naciones del mundo pueden tomar para mejorar esta situación: Podrían 1) proporcionar una reducción de la deuda a más países; 2) crear un fondo para el desarrollo humano; 3) asegurarse de que los términos y condiciones del alivio de la deuda y las disposiciones para el fondo de desarrollo humano están abiertos a la revisión pública y la participación.

Se tiene que asegurar que en el futuro los acuerdos de préstamo no tengan las mismas condiciones que los que ahora y que ya hemos mencionado.

Un paso muy concreto que podemos tomar es haciéndole saber a nuestros gobernantes que apoyamos la reducción de la deuda de los países pobres para ayudarlos a salir de la pobreza.

Tenemos un principio en la enseñanza moral católica de solidaridad. Nos recuerda que somos una sola familia. Contrariamente a Caín en el libro del Génesis, somos guardianes de nuestros hermanos y hermanas, ya sea que vivan al otro lado de la calle o en cualquier parte del mundo.

- Tradujo Padre Miguel Mejia


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