Catholic Diocese of Spokane, Washington


De Parte del Obispo

"En una espera jubilosa"


por el Sr. Obispo Mons. William S. Skylstad

(Del edición 23 febrero 2006 del Inland Register)

“Esperamos jubilosas/os la venida de nuestro Salvador, Jesús Cristo.”

Éstas son palabras tomadas de nuestra Misa, palabras que el celebrante dice por todo de nosotros.

Las palabras nos recuerdan algo que es crucial en nuestra vida de fe: No sabemos el día o la hora del retorno de Jesús. Simplemente sabemos, con toda seguridad, que el día, la hora, vendrá. Y así, esperamos - y esperamos jubilosos.

Una de las alegrías de nuestra fe es saber – no confiar, no esperamos, sino sabemos – que lo bueno prevalecerá. Que Dios está con su Iglesia. Que no es materia de ensayo, Dios nos dará gracia suficiente hacer su voluntad, para hacer su trabajo, para predicar el Evangelio con una voz lleno de certeza, con amor, con alegría.

Jesús nuestro Hermano vivió como uno de nosotros. El se quedo con nosotros. Donde dos o más se reúnen, dijo que El estaría entre nosotros. Nos prometió el Espíritu Santo, el Paráclito, una promesa que cumplió en Pentecostés, una promesa que cumple cada día.

Somos amados por Dios, quien cuida por nosotros, que nos guía, que permanece con nosotros. Nuestro Dios nos fortalece, se regocija con nosotros, sufre con nosotros, cuando esperamos, gozosamente, por el retorno triunfante de su Hijo en gloria.

Podemos con mucha facilidad nos distraemos por las presiones y situaciones del momento, particularmente cuando los eventos no son de nuestro gusto – cuando sentimos que hemos fallado, o tenemos dificultad de ver la mano de Dios en cualquiera esquina o torcedura que la vida toma.

Las distracciones son eso, sólo eso: distracciones. ¡Mis hermanos y hermanas, el hecho es, que somos llamados por Dios a dar ejemplo alegre de vida en Cristo - viviendo Cristianamente las enseñanzas de la Buena Nueva con fervor, con caridad, con fervor – con fuego!

Somos un Pueblo de Pascua, y tenemos toda razón de estar llenos de alegría. ¡Somos amados por Dios! ¡Nuestro Dios nos ama tanto que nos dio a su Hijo! Y es el Hijo de Dios que muere por nosotros, y resucitó por nosotros. Sí, hubo Viernes Santo. Pero que no es el fin de la historia. Así como a veces experimentamos nuestros propios Viernes Santo, no podemos detenernos aquí. Nuestra dirección, nuestra meta, nuestra profesión es ser un Pueblo de Pascua: un pueblo de fe, y alegría, y espera - en una jubilosa espera.

Es tentador dejar de estar atentos en el futuro que es desconocido. Podemos jugar a “lo que si” juegos que nos gustan. Ninguno de nosotros tiene una bola de cristal. Nadie sabe lo que vendrá en el próximo momento, lo que nos puede traer, dejó en paz el día próximo, el año de próximo.

Tratando de forzar la Voluntad de Dios a nuestros planes, tratando de manipular a Dios en una forma a lo que es más conveniente en nuestra visión del universo: Ése no es lo que se espera ser un Pueblo de la Pascua, en espera jubilosa.

No nos toma mucho permitirnos ser paralizados por el miedo al futuro. Eso sucede cada día, es lo mismo dentro del contexto de la Iglesia. Quizás vivimos en una parroquia cuyo pastor ha anunciado que se moverá por que ha sido asignado a otro lugar, más tarde este año. ¿Dejamos que se paralicen nuestros ministerios? ¿Dejamos de predicar el Evangelio? ¿Nos sentamos, y nos cruzamos de brazos, y tomamos una actitud de “espera y ve” hasta que tengamos un nuevo pastor? ¿Sobre todo, un nuevo pastor que pasa nuestras expectaciones personales?

Cualquier cosa que nos detiene de predicar el Evangelio, de vivir el Evangelio, es contrario a la voluntad de Dios. El desaliento, no importa su fuente, no tiene lugar en la vida del creyente.

Escuche las palabras de la historia del Evangelio. Una y otra vez, a los creyentes se nos ha dicho de una manera u otra, “No tengan miedo.” no tengan miedo.

Nuestro amoroso Dios sabe, cuan paralizador puede ser el miedo. Dios sabe cuan difícil es el camino del creyente. Y siempre ha sido difícil, cuando se trata de vivir la vida de fe interior, para dar testimonio del Evangelio hasta los extremos de la tierra.

Dios entiende la incertidumbre de nuestras vidas. Dios entiende nuestras preocupaciones por el dinero, sobre la salud, sobre el amor, sobre nuestras relaciones. Dios entiende tanta cosas que son imprevisibles en nuestras vidas. Todo esto pueda cambiar, literalmente, en un latido del corazón – y no necesariamente por lo mejor.

Pero Dios también nos promete su presencia, su Espíritu, su amor, su fuerza, su Gracia. Dios promete que estará con nosotros, siempre, hasta el final de los tiempos.

Ésa es nuestra tarea. Esa es nuestra tarea hoy; ha sido siempre nuestra tarea, nuestro encargo de Dios: creer, y vivir esa creencia. Gritar, como el padre del hijo poseído por el demonio, “¡Creo; ayuda mi incredulidad!” (Marcos 9: 24)

Tenemos mucho por lo que estar agradecidos.

Venga a la Misa, y realmente ponga atención a lo que ve. Yo miro nuestras comunidades de fe, y las veo que son muy jubilosas: los ancianos nos proporcionan la presencia firme de vida y experiencia, fija en su parroquia una historia viviente. ¡Veo a familias jóvenes - sí, a veces ruidosas, y a veces revoltosas! Pero también, tan llenas de vida, tan hambrientas de la vida de Dios. Veo a jóvenes que buscan significado, buscan relaciones, buscan comunidad – y la encuentran allí.

Haga una visita a cualquiera de nuestros programas de la educación religiosa. Vaya a una clase un domingo en la mañana. ¡Observe las caras ávidas de los niños – a veces ruidoso, a veces revoltosos, pero tan llenos de vida! ¡Tan llenos de la vida de Dios! Y hambriento por conocer mas sobre el amor de Dios, presente en sus vidas.

Hable con un ministro de los jóvenes. Muchas de nuestras parroquias tienen programas de la juventud lozanos, con adolescentes que encausan su entusiasmo por la vida, por el amor, por una relación - encausar esas poderosas energías para ayudar a construir el Reino de Dios, aquí en el Oeste de Washington, edificar una comunidad que se extienda hacia afuera y que toque toda la región.

De una mirada a cualquiera de nuestras escuelas de diocesanas. Verá profesionales trabajadores, bien-educados, talentosos. Ellos se dedican no solo a enseñar a nuestros niños las herramientas fundamentales del aprendizaje para la vida, sino también esas lecciones dentro del contexto de nuestra Fe Católica. Su cuidado y su compasión son evidentes; su propia alegría en su ministerio es una fuente de inspiración genuina.

Mire a los voluntarios que se dan así generosamente, las mujeres que cosen colchas cada semana en el Centro del Pastoral Católico, a las personas que ordenan las donaciones, la comida que la parroquia reúne, aquellos envuelto con la Sociedad de San Vicente de Paúl, o en las Caridades Católicas, en los Programas de nacimiento y de padres separados o solos. Mire a las personas que dan su tiempo y sus recursos a agencias y programas que no son católicos – comida que la comunidad reúne, alberges, programas para la juventud, porque su fe católica, son llamados a la generosidad, los llama a servir – los llama compartir su alegría en su fe con el mundo.

Escuelas. Parroquias. Programas. Vivir. Compartir. Amar. Y haciendo todo con un sentido de alegría, conecta nuestra fe con la tierra.

Veo mucho mas de lo que he visto, en una forma u otra, tanto como puedo recordar – no solo como obispo, sino como católico, sentado en la banca, en la mañana del domingo con mi familia.

Esto no ha cambiado. Todavía podemos reunirnos como una familia de creyentes, rendir culto, aprender, abrazar el Misterio Pascual.

Parte del Misterio Pascual es la incertidumbre.

Pero parte de Misterio tan Pascual es la alegría.

Tenemos así muchas razones estar jubilosos. Nuestras comunidades continúan celebrando los sacramentos: se bautizan bebés; niños reciben los Sacramentos de Iniciación; adultos vienen a explorar y para entender las complejidades de la vida de nuestra fe. Matrimonios. Ordenaciones. Consuelo a los enfermos y los agonizantes. Consuelo para los que sufren.

Hemos hecho estas cosas, y muchas más, por tan largo tiempo. Y continuaremos haciéndolas. No nos paralizara el miedo, o la incertidumbre. Jesús no les pide a sus discípulos quedarse de pie y temblor. Jesús nos pide, como discípulos, proclamar el Evangelio. Jesús nos llama vivir el Evangelio en nuestros hogares, en nuestras escuelas, en nuestros lugares de trabajo, en nuestras comunidades.

Abrazamos la experiencia de nuestra fe católica. La abrazamos es nuestro turno: por nuestros compañeros de creyentes, por un conocimiento seguro del amor de Dios por nosotros y que está con nosotros en todo lo que hacemos.

Éste no es el fin. Algún día, todo será correcto; todo se perfeccionará. Un día, nuestro Salvador volverá en gloria.

En el entretanto, esperamos – y cuando esperamos, vivimos – en jubiloso espera.

- Tradujo Hermana Myrta Iturriaga SP


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