Catholic Diocese of Spokane, Washington


De Parte del Obispo

"El hecho sobre inmigración"


por el Sr. Obispo Mons. William S. Skylstad

(Del edición 27 abril 2006 del Inland Register)

Un acalorado debate político, grandes demostraciones, y la presencia de grandes números de trabajadores migrantes en este país finalmente han traído finalmente al frente lo que necesita urgente – discusión en el momento, y la busca una resolución, sobre el hecho de inmigración. Lo más importante es que reconocemos que son seres humanos los que están envueltos – personas que han venido a los Estados Unidos a trabajar y vivir. Son hermanos y hermanas en Cristo que merecen respeto y apoyo.

En muchos casos su presencia es parte integral a nuestra economía. Sólo tenemos que mirar nuestro Estado de Washington, particularmente en la agricultura, ver la verdadera y real realidad. En la mayoría de hoteles en este país, oirán hablar español en los corredores como las empleadas que hacen la limpieza y refrescan los cuartos para huéspedes. Tome un taxi en Washington, D.C., y las cinco veces que los use, tuve cinco chóferes diferentes, de cinco países diferentes.

Nuestro país se construye en inmigración. Mi propio padre es un inmigrante. Entró 1927, a través de la Isla Ellis. El programa era mucho más controlable entonces, pero hoy, el flujo de trabajadores migratorios a los EE.UU. ha sido muchos menos en muchos casos. Hay muchas maneras de entrar en los Estados Unidos; el resultado es un número considerable de individuos que no tienen documentos. Un arzobispo de México me dijo que tenía un millón de personas de su archidiócesis que habían emigrado a los Estados Unidos. Algunos de ellos están aquí, en nuestra diócesis. Son parte de nuestras parroquias, parte de nuestras comunidades más grandes. Aquí han encontrado trabajo, algo que han estado buscando desesperadamente.

La realidad del número creciente de personas indocumentadas clama por una resolución mas justa. Desgraciadamente, su pre-sencia ha ocasionado que una cierta cantidad de inmigrantes sean aplastados a golpes, y aun algunas legislaciones con bastante mal-espíritu se han propuesto a nivel nacional. Hace muchos años, cuando era Obispo de Yakima, oí que un funcionario de la inmigración hablaba de la futileza de tratar de cerrar nuestras fronteras. Ahora hay algunos que hablan de tratar de construir muros. Recuerdo un comentario bastante profundo en enero recién pasado en Jerusalén. El Sr. Obispo William Kenny CP, Obispo Auxiliar de Stockholm, dijo que cualquier nación que trata de construir paredes demuestra su debilidad.

Ciertamente necesitamos afianzar nuestras fronteras. Pero tenemos necesidad de obreros en los Estados Unidos, y personas han respondido a esa necesidad. No queremos decir que la resolución sobre inmigración no sea compleja. Mi esperanza es que nuestra nación encontrará una solución que respete los derechos de todo el mundo envuelto.

A través de los años la Iglesia católica con frecuencia ha hablado sobre el asunto de migración. En 1996 los Obispos católicos del Estado de Washington emitieron una declaración pastoral. En ese documento dicen, “Sin dirigir la complejidad del movimiento de los pueblos y las culturas, recordamos a nuestra comunidad de fe que éstos no son solo hechos de manejo y política. Son situaciones de personas reales confrontadas a su necesidad de empleo, albergue, educación, y aun supervivencia. En la mayor parte, en nuestra vida diaria, no nos concierne la implementación de las políticas, pero si cuando inter-actuamos constantemente con la diversidad de personas y sus culturas que están en nuestro medio ambiente.”

En 2003 un hito, salio la carta pastoral, titulada Ya No Somos Extranjeros: Juntos en una Jornada de Esperanza, fue emitida por los Obispos católicos de México y de los Estados Unidos. Esta carta proporciona un fondo excelente para el desafío de la migración de personas, cita la Sagrada Escritura y enseñanzas pertinentes en la doctrina social católica. Se citan cinco principios de esta enseñanza:

• Las personas tienen el derecho a encontrar oportunidades en su patria.
• Las personas tienen el derecho a emigrar para apoyarse así mismos y a sus familias.
• La soberanía de las naciones tiene el derecho a controlar sus fronteras.
• Los refugiados y los que buscan asilo deben recibir protección.
• Se deben respetar la dignidad humana y derechos humanos de los trabajadores migratorios indocumentados.

El documento concluye con un desafío pastoral, respuestas y políticas públicas para desafiar esas respuestas.

Los Obispos de los EE.UU. recientemente se han embarcado en una campaña especial, "Justicia para los Inmigrantes: Una Jornada de Esperanza." Declaran: “Nuestra fe común en Jesús Cristo nos mueve buscar maneras que favorecen un espíritu de solidaridad. Es una fe que transciende fronteras y ofertas que superan toda forma de discriminación y violencia de manera que podamos construir relaciones que son justas y con amor.”

Además, los obispos exigen un cambio en el sistema de inmigración de los EE.UU. incluyendo los siguientes elementos importantes:

• Una base amplia para obtener un programa de legalización para los indocumentados en los EE.UU.
• Una reforma de nuestro sistema de inmigración basado en la familia dejando que los miembros de las familias se reúnan con sus seres amados en los Estados Unidos.
• Una reforma del sistema de inmigración basado en el empleo que proporcione sendas legales a trabajadores migratorios de venir y trabajar en una forma segura, humana, y de manera ordenada.
• El abandono del ‘asedio” de la frontera como estrategia de fuerza.
• Restauración de un proceso de protección debido a los inmigrantes.

Finalmente, el verano pasado el Cardenal Theodore McCarrick de Washington, D.C. habló sobre este hecho. “Necesitamos una política de inmigración fuerte y clara,” dijo. “Debe servir de garantía a nuestra país y a la prosperidad y al mismo tiempo que este basada en los valores morales en las que todas nuestras vidas deben descansar finalmente. Nunca debemos olvidar el Evangelio llamado de Jesús – dar la bienvenida al extranjero – porque en la cara del extraño nosotros debemos ver la cara de Cristo.”

Espero que todos podamos responder a este llamado, con un rotundo “Amén.”

- Tradujo Hermana Myrta Iturriaga SP


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