Catholic Diocese of Spokane, Washington


De Parte del Obispo

"¡Jesús ha Resucitado!"


por el Sr. Obispo Mons. William S. Skylstad

(Del edición 18 marzo 2010 del Inland Register)

Cuando escribo esto, las noticias de la mañana son bastante duras. Tres humanas bombas suicidas detonaron en Irak. Una, delante de una estación policíaca; otra en la sala de emergencia del hospital, cuando las víctimas del primer bombardeo llegaban al lugar.

Nos estamos acos-tumbrado a noticias tan horrendas, pero estas tragedias envuelven las vidas de personas reales, en ambos casos, víctimas y perpetradores. ¿Qué es lo que conduce al corazón humano a tal desesperación?

Durante las últimas semanas, la comunidad mundial ha sido conmocionada por los trágicos terremotos de Haití y Chile. La pérdida de vidas, la devastación, y los años que se necesitaran para reconstruir, nos dejan casi paralizados.

Pienso, que pasaría por la mente de los discípulos de Jesús, cuando se acercó a su propia muerte. Indudablemente leyeron las señales de la realización de una escalada hostilidad. Jesús, a quien habían venido a conocer y admirar, enfrentaba claramente una oposición feroz, incluso la amenaza de muerte. Los eventos desplegados durante la Semana Santa, como la alegría de entrada triunfal en Jerusalén, rápidamente se ha disipado. El castigo que se le daría a Jesús era la muerte. Los principales eventos hasta esa muerte solo se pueden describir como extremadamente duros. Los seguidores de Jesús deben de haber estado muy desalentados. Se derrumbaron sus esperanzas y sueños. Todavía, nadie podía pensar en lo que pasaría a sus partidarios después del entierro de Jesús.

En la primera mañana de la Pascua, una gran y poderosa noticia, Jesús había resucitado de entre los muertos, noticia que fue tomando cuerpo lentamente en ellos. Las buenas noticias eran sólo demasiado increíbles, demasiado inesperadas. La tragedia y la dureza de los días anteriores se transformaron rápidamente en una nueva realidad: ¡Jesús había resucitado de entre los muertos! Para algunos, como los discípulos en el camino de Emaus, o para Tomas, el apóstol de la duda, las noticias eran demasiado grandes para creer. Pero aquí está Tomas a quien Jesús le pide poner sus dedos en las heridas de la crucifixión, las señales de la dura realidad, que Jesús había experimentado.

Para la primera comunidad cristiana, la Resurrección de Jesús se transformo en una poderosa inspiración, que lleno sus vidas de esperanza. Enfrentaron valientemente su propia realidad. Tirados en la arena fueron muertos por leones, era el deporte de ese tiempo. Sus vidas fueron muy duras, crueles e injustas. Todavía, muchos de los mártires se acercaron a su muerte con un sentido de dignidad, con un compromiso profundo con Jesús y con la comunidad de fe. Aun uno de los emperadores fue informado con admiración de cómo los cristianos se amaba unos a otros. Ese tipo de amor fue una gran noticia. Igual para el incrédulo, esta respuesta fue impresionante.

Nosotros seguimos adelante y ponemos nuestro propio tiempo, día y lugar en el contexto de los eventos de la vida de Jesús. Nuestra realidad es que la Resurrección de Jesús está con nosotros. Como comunidad de fe, creemos y celebramos esa presencia. La presencia de Jesús Resucitado se refuerza cada año durante Semana Santa, cuando celebramos el Triduo Pascual, que comienza la tarde del jueves Santo y acaba con la Pascua en la tarde del domingo. La liturgia las Sagradas Escrituras es un rico relato, que nos da la posibilidad de revivir esos eventos, nos recuerda la presencia de nuestro Señor Resucitado. Esa presencia nos muestra el amor profundo de Jesús por nosotros y por toda la humanidad. Las señales de la Resurrección son muy claras. Las señales de la presencia de Jesús son muy claras.

Jesús no se ahorró la tragedia de su propia muerte, una muerte que significó la salvación de humanidad y, finalmente, la victoria sobre la muerte y el pecado. ¡El amor ilimitado de Dios por la humanidad, es el regalo! Y que regalo más maravilloso y tremendo ha sido para nosotros, no se nos eliminan las realidades ásperas de vida. Miramos el testimonio de los Apóstoles y de los primeros discípulos. Muchos de ellos fueron martirizados por la fe. El martirio continúa hoy, quizás igual y aun más frecuente que en la primera era cristiana. La violencia parece continuar constante en nuestro mundo: el aborto, las guerrillas callejeras, el genocidio, los crueles grupos de la droga. Lo mismo que aquellos que han ido antes de nosotros, enfrentamos las realidades duras de la vida. Y con los que han ido antes de nosotros, nos esforzamos de hacerlo con valor y gracia.

Cuando celebramos la Pascua, recordamos la actitud jubilosa, que este día de fiesta nos trae. Lo mismo, en las más duras circunstancias, podemos exhibir y vivir con firmeza nuestra fe, una esperanza jubilosa, y una gran apreciación del Señor Resucitado, que ha ido antes de nosotros y que permanece con nosotros. Ninguna tragedia, ninguna calamidad, ninguna aparente situación desesperada puede predominar a la presencia de Dios en nuestras vidas. Cuando nos llegue el tiempo para morir, nosotros, también sufriremos la gran transformación. Con el conocimiento seguro de esa verdad, nada debe detenernos en un sentido de esperanza y gratitud profunda.

Tenemos toda la razón para estar jubilosos y comprometidos, a vivir nuestra fe. ¡Jesús ha Resucitado! ¡Su presencia está con nosotros!

¡Una Pascua bendita y jubilosa para todos!

- Tradujo Hermana Myrta Iturriaga SP


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