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Gratitud por la vida y el don una madre

por la Hermana Myrta Iturriaga SP

(Del edición 14 septiembre 2006 del Inland Register)

Sister Myrta Iturriaga SP En Julio recién pasado, recibí una llamada telefónica de parte de los miembros de mi familia – en Chile – para que estuviese junto a ellos en la partida de mi mamita hacia el encuentro con el Señor y su regreso a la casa del Padre.

Su deceso y posterior Exequias fue un acontecimiento eclesial en mi diócesis de la ciudad de Temuco, ya que mi familia es muy conocida. Contamos con la presencia del Sr. Obispo, sacerdotes, diáconos, y muchas personas amigas, compañeros(as) de trabajo y vecinos(as). El templo se hizo pequeño para acoger a las personas y por tal motivo fue necesario abrir de par en par todas sus puertas y de este modo todos pudieron participar y demostrar el gran amor que le tenían, como también hacernos sentir, de una manera muy concreta, cuán grande son las virtudes de la fe, la esperanza y el amor.

En las palabras de Monseñor Manuel Camilo Vial, Obispo de la Diócesis sentimos la gratitud por el trabajo que la familia hizo y sigue haciendo en la diócesis. Por otra parte él reafirmó en nosotros(as) la cercanía y presencia de nuestra madre, quien sigue viviendo en cada uno(a) de nosotros(a).

Estábamos reunidos sus trece hijos (…..hombres y…mujeres), cada cual con sus respectivas familias. Después de dejar a mi madre en el campo santo, nos juntamos con mi anciano y querido padre en la pieza en la que mi mamita falleció, para compartir juntos nuestros sentimientos sobre el regalo que el Señor nos había dado, con su presencia en nuestras vidas. Fue un momento de intimidad y de gratitud.

En aquel momento tomamos más conciencia de su diaria y cariñosa presencia. Sentimos ese gran vació que ella ha dejado en la familia y tenemos que aprender a sentirla presente, de otro modo, en nuestras vidas. Es verdad: ella vive en cada uno de nosotros y nos acompaña cada día, tenemos un ángel que intercede por el papito, a quien tanto amó en sus sesenta y tres años de matrimonio y que aun sigue amando y por cada uno de sus hijos(as) y sus familias.

La vida nos ha sido dada para compartir con nuestros hermanos, esos dones que el Señor nos ha regalado. Debemos recordar que no son nuestros, que nos fueron confiados para usarlos sabiamente en nuestro peregrinar por la tierra y que llegará el momento de dar cuenta de ellos.

A veces nos adueñamos de esos regalos: la familia, la inteligencia por la que hemos podido alcanzar nuestra profesión, por la buena ubicación en la sociedad. Nada es nuestro, todo es don gratuito de Dios, para ponerlo al servicio de los que nos rodean, especialmente de los más necesitados.

La mamita multiplicó, en nosotros(as) los dones que Dios le regaló, nos dio una formación fuerte en la fe, que garantizara el que pudiéramos llegar a muchos en nuestra comunidad local y más allá de nuestra propia familia. ¡Qué don más precioso hizo a la Iglesia con su propia vida, con sus hijos y toda su familia. Ella con su amor y paciencia acercó a mi padre a un mayor compromiso con la Iglesia llegando a ser cursillista y posteriormente diácono permanente; hizo posible que dos de sus hijas fueran llamadas a la vida religiosa y que se formaran once fabulosas y extraordinarias familias, que se entregan seriamente en un servicio generoso de amor entre unos y otros, ya sea en tiempos buenos o malos. Todos hemos abierto nuestros propios campos de trabajo, como lugares de misión, para extender el amor de Dios hacia los más necesitados. Tenemos incontables historias familiares como es por ejemplo el hecho de que en la actualidad dos de mis hermanos han sido llamados al diaconado. Son bendiciones incalculables del amor de Dios.

Toda nuestra historia familiar ha sido posible debido a la generosa respuesta de mi madre a la llamada del Señor, respuesta que le fue posible gracias a su vida de oración y sacramental, semilla y herencia que ella supo sembrar en lo más profundo de nuestras vidas. La presencia de una madre, que vive su fe en el silencioso y rutinario trabajo de cada día, sin duda que hace crecer el Reino de Dios.

Creo que el Señor ha recibido a mi mamita con los brazos abiertos y ella le pudo decir “misión cumplida”. Que ella continúe ayudándonos a cumplir nuestra misión y así nuestras vidas sean una respuesta generosa al amor de Dios.


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