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Los samaritanos de las cumbres de Guatemala

por el Obispo Gonzalo de Villa, del Diocesis de Sololá, Guatemala

(From the Oct. 21, 2010 edition of the Inland Register)

Bishop de Villa (right) concelebrates Mass with Father David Baronti in Guatemala last November. (IR file photo by Deacon Eric Meisfjord)

El año 2010 va a ser un año tristemente memorable en Guatemala, entre otras cosas, por haber tenido el invierno más severo del que se tiene memoria. Dice el Insivumeh, y me lo ha confirmado gente anciana, que éste es solo comparable con el del año 1949. En aquel año, sin embargo, la población del país estaba en torno a los 3 millones de habitantes y el número de vehículos no llegaba a los diez mil. Por ello los desplazamientos por carretera eran pocos si comparamos con nuestra actual situación, con dos millones de vehículos y 14 millones de habitantes.

Sololá y Chimaltenango son los dos departamentos en que vivo y en donde me muevo principalmente, y en ellos los daños del invierno han sido enormes, comenzando por Agatha y continuando hasta hoy. Los daños nos han hecho lamentar en primerísimo lugar las numerosas pérdidas de vidas humanas, soterradas en distintos derrumbes y deslaves pero han golpeado también a miles de familias, han destruido o dañado viviendas, han arruinado siembras y cultivos y al final han dejado muchos miles de damnificados en distinto grado. La vialidad también ha sido afectada como nunca antes con carreteras colapsadas por derrumbes, deslaves, puentes caídos, etc.

En medio de las penalidades que todo esto ha significado para tantos, hoy quisiera referirme, para enaltecer su memoria, a un grupo de fallecidos. Otros muchos murieron porque los derrumbes les sorprendieron estando en sus casas o viajando por diferentes motivos. A los que me refiero hoy, sin embargo, a los samaritanos de las cumbres, la muerte les sorprendió haciendo el bien y arriesgando sus vidas, hasta perderlas, para tratar de salvar la vida de otros, viandantes desconocidos para ellos. Fueron hombres, jóvenes y niños de varias comunidades de Nahualá y Santa Catarina Ixtahuacán que, tras un derrumbe grande cerca de la cumbre de Alaska en que varios vehículos quedaron soterrados, salieron bajo el agua de sus casas para intentar ayudar, para arriesgarse por salvar vidas de desconocidos pero hermanos accidentados. El segundo derrumbe los atrapó a ellos. Fueron más de 30 los que fallecieron ahí.

En la parábola del buen samaritano en el evangelio, Jesús nos enseña quién es el prójimo y como actuar ante él. Estos hermanos de Nahualá y Santa Catarina Ixtahuacán nos han dejado la suprema enseñanza hecha vida.

En esta nuestra Guatemala en donde tantas muertes son producto de la violencia; en que tantos fallecen siendo víctimas, no siempre inocentes, de la maldad y del crimen; recordar a los samaritanos de las cumbres es recordar, con esperanza y gratitud, a estos hombres y muchachos, indígenas quichés, cristianos católicos, que fueron generosos para arriesgarse por salvar a hermanos desconocidos para ellos. Son tantos aquellos cuyos nombres llegan a los titulares de los medios de comunicación por motivos frívolos, escandalosos o vergonzosos que hoy me ha parecido importante rescatar la memoria y la gesta de estos hermanos que nos dieron ejemplo de generosidad en estos tiempos de calamidad. Dios habrá premiado su entrega, y su memoria, como feligreses míos, me enorgullece y me emociona. Descansen en la paz del Señor quienes perdieron su vida salvando vidas. 


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